La batalla del movimiento: la actividad física como estrategia para el logro de la autorregulación

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Esta publicación ha sido realizada por María M. Richard´s, Investigadora Adjunta del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) . Docente de Grado y Postgrado de la Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Mar del Plata(Argentina). Forma parte del libro Estrategias para fomentar la autorregulación en la escuela primaria, siendo unas de las compiladoras, junto a María Laura Andrés y Lorena Canet Juric. Su formación se ha sustentado fundamentalmente sobre la exploración y el desarrollo de los métodos y técnicas de evaluación, medición y validación de habilidades cognitivas en población normal, adulta e infantil, que requieren del funcionamiento ejecutivo. Entre los procesos y funciones que más ha estudiado se destacan los procedimientos para la evaluación del control ejecutivo (procesos inhibitorios, memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva) y los métodos para su evaluación y análisis (modelos y técnicas de medición, análisis de propiedades psicométricas, obstáculos para su evaluación).

El proyecto actual subraya el análisis y desarrollo de los métodos de medición, estudios de validación, adaptación y programas de entrenamiento de estos procesos autorregulatorios, considerados de manera independiente, en población infantil (6 a 11 años de edad), adolescente (12 a 17 años de edad) y adultos jóvenes (hasta 50 años).

La educación física genera una serie de respuestas agudas y crónicas que promueven condiciones que aumentan el rendimiento cognitivo. En este capítulo se describen algunas de las hipótesis que fundamentan este aumento. Los procesos asociados a la respuesta aguda al ejercicio físico son: incremento del flujo sanguíneo cerebral, incremento de la temperatura y aumento de la disponibilidad de neurotransmisores. Por otra parte los efectos crónicos asociados al ejercicio físico son: aumento de la vascularización,  neurogénesis y plasticidad neuronal. El cerebro humano, debido a su plasticidad, tiene una enorme capacidad para modificar su estructura y funcionamiento a través de la interacción con el entorno. En este proceso continuo de adaptación y supervivencia de la especie que ha permitido su desarrollo, es innegable que la actividad física ha desempeñado un papel crucial. La realización de ejercicio físico requiere una activación cerebral generalizada, pues supone el movimiento de grupos musculares, aumento de flujo sanguíneo, consumo de glucosa, respiración, y ritmo cardíaco regulado por diferentes centros nerviosos. Ello quiere decir que el ejercicio físico activa amplias zonas cerebrales.
La actividad física influye en la manera en qué se piensa y se siente y afecta al aprendizaje, al estado de ánimo, a la atención, a la ansiedad, y al estrés y tiene la capacidad de inmunizar contra algunas enfermedades o, al menos, refrenarlas o paliarlas (Diamond, 2015). Algunos de los beneficios más importantes son la neurogénesis (creación de neuronas) y la disminución de la muerte de las neuronas (apoptosis). Además, el ejercicio hace que las conexiones entre las neuronas sean mayores, más fuertes y eficaces, favoreciendo capacidades como el aprendizaje y la memoria, entre otras, y protegiendo contra las enfermedades degenerativas de las neuronas.

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